domingo, 21 de junio de 2009

De magreos, meneos y toqueteos; de la jodienda que no tiene enmienda -y 8- (*)

8ª: Afrodisio Palomeque. 1995



Tomado de: http://senocri.blogcindario.com/2009/05/00263-manuscrito-a-monsenor-urbano-tallaferro-y-h.html

a) Descripción:

Hace casi un año, monseñor, la ciática que padecía desde los tiempos del gasógeno se me encarnizó en la pierna derecha, y el resto de mis ya muchos achaques concertó sus iras de tal forma que no me daba la dolencia punto de reposo y andaba todo el día entre el paño caliente y la molesta lavativa. Fue entonces cuando solicité y obtuve del arzobispado licencia para pasar unos meses en la campiña, ajeno al ajetreo parroquial, y con mejores aires y viandas naturales que me ayudaran a pasar ese mal trago.
En aquella aldeúcha trabé conocimiento con Afrodisio Palomeque, mozallón cejijunto parco en palabras aunque largo en lecturas e inquietudes, pastor a la sazón por aquellos valles, con quien tuve algún trato literario y no pocas discusiones al calor de algún que otro pecadillo de poca monta. Al correr de los tiempos, monseñor, el dicho pecadillo mudó en anatema monstruoso.
Solía bajar al pueblo para abastecerse en el súper -¡qué nostalgia, padre, de colmados y ultramarinos!- con su perra Brunilda, la Bruni desenvuelta y zalamera como ninguna, se dejaba caer por el confesionario para hablarme de alguna fugaz novedad literaria o pasarme el siguiente movimiento de la larga partida de ajedrez que dirimíamos en la distancia.
Me traía en ocasiones jugosos quesos de cabra que yo aceptaba con justificado recelo -como verá, padre, leyendo su poema- al dudar un tanto de su origen lácteo, y me contaba de sus horas muertas al abrigo de tertulias radiofónicas, verdadera peste de este fin de siglo, o del pertinaz acoso al que las mozas casaderas del lugar le sometían.
Afrodisio era lo que se dice un buen garañón, monseñor, y, aburrido una noche de sábado, acudió al lupanar local a catar las carnes de la Edmunda, montaraz peliforra, más por curiosidad que por rijo. El caso es que la perdida quedó maravillada con su cliente, y el rumor malsano del tamaño, potencia y duración de la entrepierna pastoril corrió como la pólvora entre las muchachas y las menos jóvenes. Desde aquella noche, monseñor, no daba abasto este pobre párroco para imponer penitencias a tanta imaginaria pecadora; tal fue la epidemia de rurales masturbaciones al calor de la fama viril de este Afrodisio, y de ahí la impúdica persecución que el pastor sufría cada semana.
Decidido a acabar con tales desmanes, y viendo que el pastorcico llevaba ya mes y medio sin dejar la majada, me aventuré por aquellos riscos arrastrando mi ciática y mi flema, y encontré por fin la razón del rechazo que Afrodisio dispensaba a las ardientes zagalas.
Y fue que hallé al pastor, padre mío, tan arrimado a su Bruni como se pueda usted imaginar, que no eran de extrañar ni la abstinencia femenina del bien dotado cabrero, ni la alegría que la perrilla mostraba por las callejas del pueblo. Qué lejos todo esto, monseñor, de aquella bucólica natura garcilasista.


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b) Ordeñar en domingo -Liturgia de la leche-


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Penumbra secreta, deliciosa umbría,
cripta caliente de infinitos rincones.
Tembloroso presagio del íntimo rito.
Detenido olor, pardo y frondoso, aroma de oscura vocación.
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Lenta, leve niebla, mis manos,
extendiéndose, rodeando la cúpula rosada,
tambor de la sangre, prieta montaña de nectar,
termitero, marmita, bolsa,
delicada orfebrería, ríos de vello.
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Temblor, exquisito deleite.
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Soy panadero que amasa mazapán.
Mana el líquido, lejana secreción,
misterio hecho leche viniendo del mundo.
Primero manso, ahora cantarín.
Cadencia, melodía, cristal,
lluvia, ritmo...
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Mar de burbujas,
lava humeante, nieve febril,
lago blanco donde nadar, beber, ahogarse,
donde meter las manos, la cara, la boca, oh.
Ablución en la grasa, en el pálido aceite surgido.
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Venerando un saco convertido en perla,
en luz, enjambre candente.
Sólo existe ese cielo redondo,
que aprieto, estrujo estremecido.
Anhelo de fusión, ciega vehemencia.
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Oh oasis, oh gloria, oh cielo, ángel.
.
El mundo es calor, sangre, espuma,
ingles ardiendo, pujando, punzando,
y mis manos, grasientas,
en esa hoguera remolinos.
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Ritmo, cadencia,
lluvia, marea,
torrente, avenida,
tambor,
géiser, tormenta,
diluvio, catarata,
volcán.
.
Oh, extasis.
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Viscosa exaltación.
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Consagración de la nata.
.
Los ojos como los del cristo de la ermita,
como la santa del cuadro.
Telarañas polvorientas colgando de las vigas.
Alientos, gruñidos sordos en el establo.
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Pringue.
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Pecado.

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I - 9ª: Palabras finales de don Anselmo


Doy fin así con aires serranos a tan bastardo vástago de la musa y la doctrina, furtiva colección de bajezas y despropósitos que me he permitido espigar rompiendo, por amor al verso, el sacrosanto secreto de confesión. Reflexione un momento, monseñor, y hallará quizás que no es tan grande la culpa, ni el proceder tan monstruoso, que hasta San Pablo entiende y perdona en sus misivas esta eterna miseria de la coyunda y el placer cuando nos dice: 'mejor es casarse que abrasarse', 1 Corintios 7,9.

En esta arzobispal ciudad, a 29 de febrero del año de Nuestro Señor de 1996.

Anselmo Isleta Carantoña

(FIN)

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(*) Ilustraciones tomadas de la red

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